Autor: Víctor del Castillo

Hoy en día se defiende la necesidad de ser competitivos, se dice que vivimos en un mercado competitivo. Y una de las críticas que se hace al régimen escolar obligatorio, es que es demasiado competitivo. Incluso, a llegar a conseguir un título universitario se le llama “hacer una carrera”. Por otro lado han surgido numerosos gurús del “trabajo en equipo” como si el mundo estuviera realmente afectado por un mal llamado “competitividad”. ¿Es esto realmente así?

Los exámenes constituyen sin duda situaciones donde se suele impedir la ayuda de unos a otros, creando un ambiente de indiferencia y de competitividad. No se puede negar que esta experiencia de “oídos sordos” y “boca cerrada” influye mucho en la sociedad actual, y en el comportamiento de las personas unas con otras, reflejándose en la vida cotidiana.

Sin embargo, fuera de ese entorno cerrado y estanco de las aulas escolares, ¿hay una verdadera competitividad en el mundo real?

Hay una forma muy clara de ver que no. Aquellos que no tienen un certificado oficial que “acredite” que se tiene una cierta habilidad, es como si no la tuvieran. No serán pues aceptados para demostrar sus aptitudes en igualdad de condiciones ante las personas que tienen un determinado título estipulado por alguna normativa estatal.

Un ejemplo sería el juego del ajedrez. A nadie se le ocurriría decir que no se puede jugar al ajedrez contra otra persona si no se ha pasado antes por un curso que “demuestre” que se saben mover las piezas. Obviamente, una simple demostración ante el tablero mostrará, en tan solo un minuto, que esto se sabe o no. Todo el mundo puede competir en el ajedrez. Si no se sabe jugar, se aprende con la experiencia.

Hay gran cantidad de actividades y trabajos donde esto no es así. En ciencia, por ejemplo, no se puede investigar en condiciones si no se tiene antes un doctorado (en realidad, un niño con curiosidad puede hacer descubrimientos científicos si dispone de medios para ello). No se puede trabajar como fontanero, electricista, informático, guía turístico, administrativo, ni de prácticamente nada sin haber conseguido un determinado título oficial, que por lo general ocupa al menos dos años de la vida.

Todos los que no tengan una “formación específica” quedan pues, fuera de juego. No se les permite entrar en competencia con los que se han formado.

Lo curioso es, que los que se forman de este modo tampoco compiten entre sí, ya que a todos, por estar titulados, se les considera de igual valor. Será en sus trabajos donde demuestren lo que saben o valen realmente.

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